sábado, 6 de junio de 2015

La despedida de Claudia








La Luz que es Elvira en forma de figura resplandeciente, me propuso seguirla a través de instantes del tiempo con instantáneas de explosiones lumínicas. El tiempo y el espacio se configuraron igualmente, en un nuevo instante perteneciente a la época en la que nos conocimos en el pueblo de Labora, hará ahora dos siglos.

Estamos en una habitación, con poca claridad y decorada a la usanza de entonces, recargada con ostentosidad. La mujer postrada en la cama pertenece a una estirpe adinerada, tendrá alrededor de los setenta años, es su último día en la tierra y Elvira, quiere que yo conozca el significado del amor que aquella mujer, está a punto de llevarse consigo. Dueña de la hacienda en donde trabajara Elvira siendo hombre. Una mujer me dice, cumplidora del protocolo social y apariencias, tesorera de la avaricia y las inquinas, desconfiada para dar y permisible para recibir.
      
Un fugaz pensamiento se detuvo en mí para ser contestado por Elvira.

─En el tiempo de la materia ahora estoy trabajando para ella,  ignorando la solícita comparecencia que la esencia de entonces y ahora, se ha unido para liberar y acompañar a la mujer que sin ser cariñosa con el hombre que le presta sus servicios, tuvo un acuerdo con ella antes de los dos nacer; sería yo quién la viniese a recibir para que tuviera el camino iluminado.

El dosel opaco color bermellón cuelga retirado a los lados de la cama en la que Claudia está inerte, quedan escasos minutos al corazón para que cesen sus latidos y a su manera, Claudia comienza a despedirse de ella misma.

Sentado sobre la cama y reclinado sobre su pecho se encuentra uno de sus hijos, finge estar triste y lo consigue. Coge una mano de su madre y la acaricia, la suelta y le pasa una por la frente con delicadeza. Traga lágrimas secas que por alguna razón, no quisieron ser expuestas a la vista. De pie y algo alejadas, dos hermanas de Claudia se abrazan sin saber alegrarse o, sentir la pena que el momento requiere, con sendos pañuelos blancos se enjuagan las pocas lágrimas y entrelazan sus manos con rictus penoso. De hito en hito miran a la moribunda y al hijo cruzando fugaz mirada con éste.

Asustadas por la indecisión de asumir el siguiente movimiento del drama, acatan el mandato del sobrino de avisar al Don doctor de todas las curas y causas. Regresan con él igual de compungidas y ansiosas de sufrir un poco más. El hijo dedica a su madre su último suspiro de congoja mientras, su mente se va alejando a una ocupación próxima y más placentera. En la habitación están todos los que en ese preciso momento han de estar y Claudia, decide irse.

Elvira toca mi mano con sus dedos de luz y permite que pueda sentir "algo" significativo para mí, y que está a punto de sentir Claudia.

Su organismo físico está paralizado, incapaz de realizar ningún movimiento, el estado corpóreo es de una absoluta relajación y atenta consciencia. No siente malestar, quebranto o enfermedad, y se percibe un dolor justificado por la ausencia de sus otros dos hijos. No están junto a ella en ése único instante tan especial e irrepetible. ¡Cuánto le hubiera gustado sentir por última vez la cercanía y ternura de todos sus hijos unidos! Se va a marchar y no puede decirles que siempre los quiso, tampoco tiene fuerzas para decírselo al que tiene a su lado, y sus hermanas pensarán que nunca fue cortés con ellas. ¿Y qué pasa con todos los demás?, se dice a sí misma que nunca se conocieron de verdad. ¿Hice las cosas con corrección? Entonces hace un esfuerzo para abrir los ojos y encontrar las respuestas en la mirada de sus queridos, no lo consigue y se conforma; ahora ya nada importa, se va a marchar de todas formas. Los pensamientos se van alejando hasta desaparecer por completo.

Claudia nota la sensación de unos gusanos enredándose por los muslos, presiente que la muerte está llegando a ella más placenteramente de lo que esperaba. Ahora un fino hormigueo le roza todo su cuerpo y recibe con agrado esa vibración. Se atenúa y convierte en una arrulladora energía portadora de bienestar que tan sólo, le emite paz, deja que se instale en ella y la reconoce, siempre la tuvo cerca y nunca la supo sentir. Le parece que todo su contenido interior se vuelve aire saliendo por las espitas de su epidermis, quedando lo de dentro fuera y con una vacuidad de no pertenecerle nada de lo que tenía. No sabe lo que ha pasado ni hecho para sentirse tan maravillosamente bien, y deja que la voluntad sea, de quién esté dirigiendo su transformación.

Ahora empieza a considerarse conciencia y a medida que la paz se va formando en luz saliendo por el cuerpo, escucha un fogonazo intenso saliendo de ella recordándole al tiro de una escopeta. Se ve a sí misma como una chispa de luz dentro de un contorno iluminado. Recobra la cordura y deja de percibir, no alberga dudas y conoce la verdad de su existencia. El tiro que le pareció escuchar ha salido del corazón de su hijo, quería verla muerta para disfrutar de la herencia. También puede leer en los corazones de sus hermanas un sentimiento parecido. Está apenada por no haber sabido vivir la vida con sentimientos de gratitud y generosidad. Y acepta el aprendizaje.

La habitación se ha convertido en una esfera de incontables puntos con colores brillantes. Es como un jeroglífico que puede descifrar y leer sin interferencias, y cada uno de ellos refleja lo que ha sido en la vida que deja. Comprende, que acaba de reconocer el amor que corresponde al Todo, muy diferente al que ella expresó y al que le están ofreciendo los seres queridos en su despedida. Siente que esa pena extraña se la lleva para poder comprenderla mejor. A continuación todo lo que veía ha quedado de un blanco purísimo, y yo, dejo de ver y captar lo que a continuación ocurre, y puedo imaginar su encuentro con Elvira y con aquellos seres que la esperan para recibirla.  
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Me he quedado solo, suspendido como una cometa en el aire del infinito, como si todo movimiento hubiese cesado y estuviera esperando una orden, el siguiente paso o el retorno en donde me dejé. Entonces visualizo una escena en la que no conozco a sus participantes. Claudia en la vida actual padece de un mal común, poco entendido y con diagnósticos equivocados. Sufre depresión crónica, arrebatos suicidas y una terquedad de no sentirse lo suficientemente necesitada por su esposo e hijos. No entiende la angustiosa situación por la que está luchando. El misterio para su curación es lo que la mantiene encadenada. Solo ella a través de la exploración hacía su interior, logrará asimilar y aceptar lo que a todas luces es infundado. Su familia actual la quiere.

"El amor que retienes es el dolor que te llevas"

Hoja del diario de; "Un viajero en el tiempo"
Mila Gomez.